No solo crítica y acercamientos a la extraordinaria obra del poeta Efraín Miranda en el libro “!Soi Indio!”, sino también una acertada selección de su poesía… Solo lamento no hallar los testimonios recogidos por Mario Mayhua Quispe en su libro “Conversaciones con el poeta indio Efraín Miranda”, recogidos tras muchos años de entrevistas… Mucha suerte a Gonzalo Espino en la presentación del libro en Trujillo, y felicitaciones a él, Mauro Mamani y Guissela Gonzales por este gran trabajo.

“Los hijos del orden” de Luis Urteaga Cabrera es una de las más grandes novelas peruanas, la única donde numerosos personajes marginales tienen voz y los niños, los de antes y ahora, expresan la violencia verbal de la fracasada sociedad peruana… Ganadora de premio nacional e internacional, con el influjo de William Faulkner y la palabra crispada y honesta, editada en el 72 y reeditada por Arteidea en 1994, se trata de una obra sin parangón en la narrativa peruana, que ni el silencio mediático ni académico ha podido empañar su valor ni su vigencia.

“Camino de Pucallpa a Iquitos en lancha, a lo largo del río Ucayali, los protagonistas suben a la nave equivocada: un barco fantasma lleno de misterios y fortunas, y espectros que deambulan en busca de venganzas”. Así reza la contratapa de mi último libro sobre Nina, que debe enfrentar a uno de los grandes silencios y mentiras históricas sobre el Perú: el genocidio de más de 30,000 indígenas a manos de los caucheros en nombre del progreso, la modernidad y la democracia… Y orillando estas aventuras, el amor juvenil que le da color a la vida… ¡¡Por fin ‘Nina y el barco fantasma’ anda suelta en plaza!

Idea de novela: Un estudiante (¡tiene que ser estudiante!) decide indagar sobre los alucinógenos peruanos. Bebe el sampedro, viejo conocido de costeños y andinos prehispánicos, y luego el ayahuasca: indaga sobre las distintas formas de preparación de la soga del sueño entre awajum, wampis, asháninka, shipibos, etc: algunos con toé, otros con jugo de tabaco, otros con chacruna, o incluso con coca, o quizá tahuari, ajosacha, mucura, caapi o guayusa, tantas formas… y finalmente, el vuelo con veneno de sapo verde de los matsés… No va solo. Lo acompaña su novia: suficiente tentación entre los hombres que los acogen para beber la ayahuasca… Una novela de amor, quizá… Un viaje al ayahuasca, eso sí…

Decía Theodor W. Adorno que el arte tiene la virtud de la interpretación. Es decir, la capacidad de abrir caminos donde solo hay señales, abrir o cerrar fronteras donde imperan los desiertos.

Indagar sobre el arte, y especialmente sobre la literatura, es rendirse primero ante la evidencia de que toda interpretación es un camino, o si se prefiere, que todo camino para acceder a la obra artística es solo una interpretación.

Cuando la prensa califica las crónicas periodísticas como arte, es decir como literatura, ¿está simplemente realizando una metáfora sobre las crónicas bien escritas o está instaurando un arte poética sobre la naturaleza de la libre interpretación de las informaciones?

Es decir, si la información (de las crónicas) son libres de ser interpretadas, entonces el periodismo no existe pues ya no muestra la verdad, sino solo un discurso artístico.

Esta es la naturaleza del periodismo: esté bien o mal escrito, solo es información. O si se quiere, información embellecida.

La crónica como literatura me hace pensar en la fórmula matemática como literatura; en la receta médica como literatura; en la narración histórica como literatura.

Nuestra capacidad de ver la belleza en muchas cosas no significa que estas sean productos artísticos. Son bellos el amanecer, el canto de las aves, los océanos en calma, las palabras de cariño. Pero no son obras de arte.

El periodismo es, o debería ser, información. Y convertir las crónicas periodísticas en literatura es simplemente una metáfora para resaltar la belleza de su escritura. Y nada más.

Me resulta increíble que la actividad intelectual y el pensamiento de muchos escritores peruanos se haya reducido a repetir los discursos de la prensa basura… ¿Cuándo se perdió la actitud crítica, la evaluación del discurso oficial, la idea de que la literatura, y el pensamiento en general, es siempre subversiva?

El tema debe ser tratado con cuidado, porque hay muchos intereses en pugna y casi ninguna honestidad. Siempre me he preguntado cuál era el objetivo político, más allá de sus objetivos autoproclamados, por el que fue creada la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Sus resultados han recibido todo tipo de interpretaciones, y más de una vez las declaraciones de su propio presidente Salomón Lerner Febres ha contradicho lo expresado por el informe CVR.

Para entender esto, me planteo las siguientes ideas:

1) Antes de la CVR, la Defensoría estimaba que el Estado había ocasionado el 95% de víctimas, y los grupos insurgentes el 5% restante; después de la CVR, se volteó el pastel: el Estado solo había causado el 34% de víctimas, y los porcentajes restantes los grupos alzados en armas. En esta simple constatación descansa, me parece, el principal objetivo político de la CVR: ocultar o minimizar los crímenes del Estado.

2) La CVR en su informe omite la denuncia del terrorismo de Estado como forma sistemática de actuación del Estado peruano, y trata con guantes de seda los manuales antisubversivos de las FFAA donde se ordenaba a tropas y oficiales torturar y asesinar sospechosos, campesinos, mujeres y niños, y se establecía estrategias de propaganda mediante la corrupción de la prensa. Las explicaciones de la CVR apuntan a minimizar el terrorismo de Estado como uso aislado del fujimorismo y no de todo el aparato estatal desde Belaunde. Pero el Manual de Contrainsurgencia ME 41-7 es la prueba más clara de que se practicó el terrorismo de Estado y que las masacres de pueblos enteros no fueron nunca excesos de individuos. Por esta razón, ningún soldado fue enjuiciado, apenas unos cuantos oficiales tratados como chivos expiatorios; además, ni presidentes, ministros ni generales pasaron siquiera a condición de sospechosos, y tanto Fujimori como Montesinos gozan de cárceles doradas más por delitos comunes que por delitos de lesa humanidad.

3) La CVR se hizo de la vista gorda y no dijo una sola palabra sobre la “colaboración” de la CIA y la embajada norteamericana en la lucha antisubversiva, algo que es conocido y bastante público.

4) Finalmente, tampoco la CVR pudo ser auditada con transparencia en sus gastos. Fue una comisión dorada a la que se trató con guantes de seda porque sus fondos provenían del PNUD y cuentas del extranjero, y para entender mejor la corrupción al interior de la CVR y los despilfarros denunciados entonces, baste con observar que la empresa que auditó a la CVR tenía como socia a una de las comisionadas, Beatriz Alva, juez y parte en este conflicto de intereses.

Hay que señalar que el trabajo de la CVR excede estas ideas que tratan de entender su importante trabajo, que no negamos en absoluto. Pero cada cosa en su lugar. La propaganda es propaganda y desgraciadamente también parte de un terrorismo de Estado que prefiere mantener el miedo de la guerra que terminó hace 20 años, que construir una sociedad mejor para todos los peruanos.

En 1994, cuando vivía en Iquitos, me prometí ensayar una escritura disciplinada y constante, que produjo tres novelas cortas en pocos meses: El Periodista, que tiene varias ediciones, y El Amoroso y Las guerras secretas. Probé estilos distintos en cada una de ellas, pero la última me dio bastante trabajo y tuve que investigar mucho, por los temas indígena e histórico.

Las guerras secretas es una novela que por su estructura puede alargarse indefinidamente: un narrador que en cada capítulo reproduce los testimonios de sus entrevistados sobre su personaje femenino, Chidó Dapá, Mujer Grande, una bella y decidida matsés, profesora, organizadora: una mujer para admirar y querer.

No sé si volveré sobre este personaje femenino, pero sí sé que volveré sobre los universos indígenas, ya sea para contar las maravillas de su literatura oral, o para hacerlos partícipes de batallas contemporáneas por su supervivencia contra empresas madereras, petroleras, mineras o contra la ofensiva del mismo Estado por desaparecerlos.

Porque todas las luchas indígenas son para sobrevivir frente a su propio país.

Los matsés o mayorunas son gente extraordinaria. Conversar con ellos y admirar su sencillez es una lección de vida y de conducta. Ojalá algún día el Estado peruano reconozca el terrible error de haberlos bombardeado con napalm junto a los marines norteamericanos, en 1964, y de agredirlos hoy con el asalto de una petrolera, y se les repare y reconozca como peruanos con todos sus derechos.

Esta novela no trata de contar la Historia, pero sí una historia, la de Chidó Dapá, la bella matsés, la de ojos negros y profundos, y de su pueblo heroico.

Porque los pueblos indígenas son pueblos heroicos, y esta novela, una pálida historia con pretensiones literarias.

Entrevista de Elga Reátegui

http://elgareategui.blogspot.com/2011/06/ricardo-virhuez-villafane-sueno-con-una.html

A Ricardo Vírhuez Villafane le encanta contar historias. Y es tan natural en él como caminar o subir una montaña. Con su literatura busca atrapar al lector, envolverlo en las redes de su magia y hacerle adicto a sus historias. Confiesa también que escribe para competir con su madre o su abuela, quienes sabían muy bien como encandilarlo con sus cuentos de demonios y espíritus.

Sobre su famoso personaje “Nina”, dice que nació para mostrarle al mundo de lo que son capaces de hacer las mujeres. “Soy feminista y  amo a las mujeres; es decir, odio el machismo, rechazo toda discriminación contra la mujer, y creo que las mujeres tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. En un país tan machista y corrupto como el Perú, decirlo es una necesidad imperiosa, y defenderlo aun más”.

Les invito a conocer a este escritor, editor y promotor cultural (entre otras muchísimas cosas más) que mochila al hombro recorre el Perú difundiendo tanto su obra  como la buena literatura de sus colegas.

  • ¿Qué hace un abogado metido en la literatura y en las actividades culturales?

-Yo empecé a escribir cuando era niño, y a los 17 años gané mis dos primeros premios nacionales de literatura, de cuento y ensayo. En esa época, teníamos un grupo cultural en mi distrito (San Martín de Porres, de Lima) llamado “Vientos del pueblo”, que llegó a tener siete grupos de música folclórica y tres de teatro, e hicimos concursos de poesía y encuentros teatrales masivos. Después ingresé a la universidad. Qué hace un escritor que se mete a estudiar Derecho y Ciencias Políticas, y después Lingüística, sería la pregunta adecuada. Y me faltó estudiar otras carreras, como arqueología o biología, que las hubiera seguido si hubiese tenido plata y tiempo.

  • Se identifica mucho con la cultura selvática y eso se observa en su obra. Cuéntenos un poco al respecto.

-A los nueve años más o menos leí la novela “Sangama”, de Arturo Hernández, y eso me marcó para siempre. Es un libro pleno de aventuras con animales salvajes, selvas exóticas y peleas de sobrevivencia, que me llenaron la imaginación y me hicieron prometer que algún día conocería la Amazonía. Y así fue. Primero viví tres meses en Tarapoto, selva alta. Luego fui por dos semanas a Iquitos, y me quedé siete años, recorriendo ríos inmensos, conociendo pueblos indígenas, mientras estudiaba la vasta literatura amazónica y escribía ensayos y novelas. A menudo viajo a Pucallpa o Iquitos, y para mí es como volver a casa simplemente.

  • Siempre está en constante movimiento, y es de los pocos escritores que por cuenta propia viaja a promocionar su obra y a participar en actividades literarias, ¿no es así?

-Por lo que sé, la mayoría de escritores estamos fuera del mercado editorial y del márquetin mediático, por lo que solo nos queda presentar nuestros libros en distintas ciudades y agotar las ediciones con esos encuentros directos con el público. Además, los talleres de narrativa y las conferencias literarias son parte de esos encuentros y asumo mi trabajo literario dentro de esa multiplicidad de caminos, casi como un trovador moderno. No me atrae el mundo académico, de modo que tengo la libertad de viajar y conocer ciudades increíbles y personas maravillosas, y escribir sobre ellas. Por suerte, en el Perú hay muchos encuentros de escritores en un solo año, y siempre estamos lejos y cerca, con nuestros libros a cuestas, llevando no solo nuestra creación, sino también nuestros pensamientos e ideas.

  • ¿Proviene de una familia de artistas? ¿Cómo nace en usted la inclinación por hacer literatura?

-Mi primo es artista, el famoso Quispejo (Julio Quispe Virhuez), el pintor más plagiado en toda la historia de la pintura peruana, y espero no serlo yo en literatura. Pero ya sabes que en las culturas andinas la música, las danzas y el folclore son parte de nuestra vida diaria, nos alimentamos de ellos, vivimos de ellos. En cuanto a mi formación de escritor, los culpables son la buena lectura y la escritura precoz. Y algo más importante: la literatura oral de mi madre, mis tías y mis abuelas. Las mujeres mayores casi siempre son formadoras de los escritores, con sus cuentos alucinantes y sus historias que llenaban nuestra imaginación infantil y nos marcaban para siempre.

  • ¿Qué busca lograr con su trabajo literario? ¿Le mueve un sentido de trascendencia?

-Me gusta contar historias, igual que me gusta caminar y ascender montañas. En mi obra literaria, si algo busco, solo es atrapar al lector, envolverlo con mis cuentos, engañarlo con mis trampas técnicas sin que se dé cuenta, escribir para competir con mi madre o mi abuela que sabían tenerme en vilo con cada cuento de aparecidos y demonios. En fin, me resulta imposible ser edificante o trascendente. Soy un poco más modesto y creo en la magia de la literatura.

  • ¿Es un escritor de horarios establecidos o se pone manos a la obra cuando le viene la inspiración?

-Si pudiera tener horarios establecidos, lo haría, sería un reloj. Casi siempre escribo de noche, cuando el silencio es cómplice y no suena el teléfono ni ladra la perra enana de mis hermanos. O cuando no hay nadie en casa. Y para descansar, simplemente escribo otra novela. Eso me motiva más. Pero eso sí, antes de empezar con una historia, ya la tengo resuelta y planificada en mi cabeza o en mi cuaderno de notas. Nunca escribo al azar. Siempre arrojo mis redes al mar sabiendo todo o casi todo lo que va a ocurrir en mi novela.

  • Obviamente, la lectura es parte de su vida. ¿Cuántos libros lee anualmente?

-Antes leía media docena de libros a la semana; después, media docena al mes. Ahora, solo leo lo que me gusta y releo bastante. Si me llega algo que no cubre lo que mínimamente considero literatura, lo abandono de inmediato. Me encantan los libros de ciencias, de lingüística y de historia y sobre todo de arqueología, con ellos no soy exigente. Y es que ya aprendí que solo la buena literatura produce buena literatura.

  • El personaje de Nina representa mucho para usted. ¿Cuándo y en qué momento apareció en su obra?

-Justo una niña pequeña me hizo esa pregunta en Ayacucho. Le dije que soy feminista y que amo a las mujeres; es decir, odio el machismo, rechazo toda discriminación contra la mujer, y creo que las mujeres tienen los mismos derechos y oportunidades que los hombres. En un país tan machista y corrupto como el Perú, decirlo es una necesidad imperiosa, y defenderlo aun más. Por ello, Nina es una jovencita que vive aventuras de nuestro tiempo, que sabe resolver problemas con su inteligencia y astucia, que es bella y misteriosa, que es una manera de mostrarle al mundo –mediante la ficción– todo de lo que son capaces de hacer las mujeres. Y por último, mi hija menor se llama Nina, y tiene los ojos hermosos y el jodido carácter de un personaje literario.

  • Últimamente están de moda los talleres de escritura. A su criterio, ¿un escritor nace o se hace?

-El único nacimiento que tenemos es el que viene después de la gestación de nuestras madres. Si nos abandonaran en una cueva, no sabríamos hacer nada, más que dar gritos. Sin civilización, sin cultura, es decir sin aprendizaje, no seríamos nada de lo que somos. En el Perú ninguna universidad enseña el arte de la ficción o la escritura creativa, así que debemos aprender a golpes y caídas. El aprendizaje es largo y doloroso. Somos empíricos por tradición. La literatura peruana es precisamente un mosaico de obras fallidas, sobre las que resaltan las obras de nuestros genios literarios, como Vallejo o Arguedas. Si el escritor no aprende, su obra será el reflejo de su propia ignorancia literaria. Cuando estuve en Nueva York, comprendí que ahí enseñaban desde poner el título hasta evaluar diversos desenlaces según la lógica interna del relato. Todo había que aprenderlo. La literatura era una disciplina con miles de años de tradición que los escritores debíamos aprender, incluyendo trucos, recursos, técnicas, es decir, todas las trampas para que el lector pueda caer como un pajarito en nuestras redes. No conozco a ningún escritor que haya nacido sabiendo todo eso. Hay que aprender; o mejor, aprender a aprender.

  • Nos cuentan que también hace poesía. ¿Le dedica tanto tiempo como a los relatos? A propósito, algunas(os) contamos que tenemos que sufrir para escribir poesía, ¿le ocurre algo similar?

-La poesía es una amante difícil. A diferencia de la narrativa, presenta batallas con el lenguaje totalmente distintas. Así como se requiere “oído” para la música, también se necesita oído para la poesía, y no sé si soy muy orejón, pero mi poesía solo la recomiendo antes de dormir. Cuando empecé a escribir poesía con una facilidad sospechosa, comprendí que solo hacía versos. Entonces me confronté con monstruos de la poesía como César Vallejo o Juan Ramírez Ruiz, y me vi demasiado enano. Por eso solo publiqué un único libro de poesía llamado “Voces”, poemas breves y amorosos, que aunque ha tenido dos ediciones me parece que ya pasó a mejor vida.

  • ¿Sigue haciendo teatro?

-El teatro sí que ha sido una parte importante de mi vida. Lo hice desde antes de la universidad, después formamos un grupo de teatro universitario, experimental y colectivo, y finalmente me dediqué a la dirección de diversos elencos. Decidí seguir relacionado con el teatro mediante la redacción de piezas para teatro, como “El cielo azul”, que ganó un concurso universitario en Iquitos. Sin embargo, no he podido hacerlo. Más bien me ocurre algo curioso: las novelas para niños que escribo actualmente las visualizo teatralmente, será por eso que son dinámicas y plásticas, totalmente adaptables a la escenificación. Extraño el teatro, no lo puedo negar.

  • Tiene una empresa editorial. ¿Qué le pide a quienes quieren publicar con usted?

-La empresa editorial es un complemento a mi trabajo literario, y primero surgió para justificar la publicación de la Revista Peruana de Literatura, y después para promover mis colecciones de novelas infantiles de Nina y Rumi. Ahora doy servicios editoriales, pero con algunas salvedades. Es que el trabajo editorial requiere, al igual que la literatura, de un trabajo serio. Hay muchas editoriales jóvenes que publican sin criterio profesional; y cuando al autor solo le importa que su nombre salga publicado, el resultado es bastante penoso. A eso hay que sumar el hecho que en el Perú no existen distribuidoras y las librerías son mínimas. Por lo tanto, la difusión y venta de los libros es un problema monumental. Hay varias salidas para eso, pero todo se puede solucionar con la cooperación activa entre editor y autor.

  • La tarea del escritor, dicen, es más complicada que la del empresario editorial. Si tendría que quedarte solo con una, ¿por cuál se decantaría?

-Definitivamente, me quedaría como un simple escritor que escribe y lee, y se pasa la vida viajando. No olvides que ser editor en el Perú, salvo excepciones, es un camino inevitable, una necesidad, ya que publicar libros no tiene ninguna facilidad y debemos cubrir las enormes carencias de las editoriales. En otras palabras, somos editores porque los verdaderos editores no quieren serlo. Publicar y vender el libro, con profesionalismo y buen gusto, esa me parece la esencia del trabajo editorial, que los editores peruanos no quieren asumir. Por eso muchos escritores nos metemos a editores. Pero con gusto volveríamos a escribir solamente.

  • Un sueño como escritor…

-Tengo un sueño, que estoy logrando de alguna manera con los niños: escribir libros que atrapen al lector. Libros para viajar muy lejos. Libros que gusten releerse. Libros adictivos. En otras palabras, lograr la magia de los maestros que tenían en vilo a los lectores con sus historias maravillosas.

Empecemos por el comienzo. ¿Por qué leer?

Esta es una pregunta importante, precisamente porque es sencilla. Las preguntas simples casi siempre son las más difíciles. Debo decir que mi respuesta a esta pregunta, como a todas las preguntas de este libro, no son la de un especialista en lenguaje ni la de un comunicador. Son las respuestas de un escritor.

Leemos por muchas razones. Por ejemplo, leemos porque así lo ordenan los maestros o nuestros padres. Leemos porque queremos estar informados de las noticias, o porque estamos aburridos y no hay nada que hacer. Y leemos, también, por placer. Por gusto. Porque nos da la gana. Porque leyendo estamos mucho mejor que si viéramos Tv, internet, cine o lo que sea.

Si leemos por muchas razones, ¿cuál es la más importante?

Creo que podemos leer por razones altruistas o para adquirir más conocimientos y ser personas cultas y preparadas en nuestra sociedad. Esta es una razón importante. Pero en realidad, la mayoría de profesionales no lee, así que la fórmula “leemos para ser profesionales” resulta inadecuada en nuestra realidad. Casi siempre leemos por hábito, porque así nos indican nuestros padres, abuelos o tíos y finalmente los maestros. Naturalmente, mucha gente no se acostumbra a leer, de modo que hablar de “hábito” o “costumbre” en nuestra realidad es algo que tiene poco sentido. La escuela nos enseña a leer, y esa es una buena cualidad que muy poco practicamos. ¿Por qué, si sabemos leer, no leemos?

Exacto. ¿Por qué?

Como es obvio, hay muchas respuestas: no tenemos tiempo, no le encontramos gusto, las lecturas son muy aburridas, preferimos la Tv o el internet, no nos importa estar enterados de nada, etc. Podemos inventar incluso una larga lista de razones, y seguro todas ellas serán válidas. Pero ojo, hay que tener en cuenta lo siguiente: casi nunca hacemos lo que no nos gusta, y casi siempre hacemos lo que sí nos gusta.

¿Quiere decir que para ser buenos lectores, primero debe gustarnos leer?

Esa es una buena interpretación de mis palabras. Es obvio que si nos gustara leer, si amáramos leer, si la lectura nos diera placer, seríamos los mayores lectores del mundo.

Por lo tanto…

Yo haré la pregunta: por lo tanto, ¿cómo lograr buenos lectores?

O tal vez, ¿cómo hacer para que nos guste leer?

De acuerdo. Hay que empezar por un hecho obvio: no a todos nos gusta leer ni nos gustará leer. Sin embargo, vivimos en una sociedad donde a menudo sí hacemos cosas que no nos gusta por convenciones sociales o porque lo ordenan nuestros padres o porque es bueno para ser mejores (personas, profesionales, etc). A pesar de todo, creo que incluso esas personas “negadas” para la lectura podrían encontrar placer si se les enseñara cómo.

¿El placer de la lectura, entonces, puede aprenderse?

Para nosotros, los seres humanos, todo es aprendizaje, incluso los placeres más deliciosos de la vida. Si sabemos apreciar un buen cebiche o un riquísimo arroz con pollo, se debe a que desde niños hemos ido entrenando nuestro paladar. Los extranjeros se quedan maravillados con nuestra comida, es verdad, pero necesitarían mucho tiempo para advertir las variedades de sabores, los tonos, los matices. Es decir, necesitan “aprender” el placer de la comida. Con la lectura ocurre algo parecido: necesitamos manjares literarios, ante todo.

¿No es suficiente cualquier libro?

Imagina el sabor de un pescado malogrado.

Quiero decir, la literatura es literatura.

Nada vale por sí mismo. Los libros necesitan de ciertas cualidades para ser buena literatura. Enseñar a sentir el placer de la lectura comienza por ofrecer libros atractivos. Creo que si al niño o al joven les damos lecturas que los sacudan, que les hagan llorar o reír, que les estremezca y les deje en suspenso, o mejor, que sientan el poder de la belleza verbal, entonces estaremos en camino de lograr lectores apasionados.

¿No importa la profesión?

La buena lectura es patrimonio de la humanidad, no solo de los escritores.

¿Quién elige, entonces, los buenos libros?

Esa pregunta esconde una discriminación. Somos amigos de todos los libros, no solo de los buenos. Cuando uno es joven y lee con placer, normalmente leemos hasta las letras chiquitas de los periódicos y los anuncios de las revistas; pero con el tiempo nos volvemos selectivos y solo leemos lo que nos parece de mejor calidad. Pero todo esto cambia cuando se trata de la escuela.

La responsabilidad del maestro.

Se trata de una gran contradicción. Si los padres no leen, pero ordenan que los hijos lo hagan, estamos ante un desafío familiar. Pero si los maestros no leen, y ordenan que los alumnos lean, estamos ante un problema social de inmensas proporciones.

Y esa es la realidad del Perú.

Lamentablemente, sí. La falta de lectura de los estudiantes y de los maestros es un problema social gigantesco, antes que un problema escolar. Sus consecuencias son muchas: escasa o nula preparación del maestro, cuya mejor prueba son los errores ortográficos en sus escritos; el limitado conocimiento del maestro sobre los libros de literatura infantil y juvenil que debe recomendar a los estudiantes; e incluso la incomprensión de las materias que enseña, que es lamentable, pero existe. En los niños, la consecuencia más famosa es que no comprenden lo que leen.

Si es un problema social, ¿cómo afrontarlo?

Casi siempre se recomienda al enfermo reconocer su propia enfermedad. No sería mala idea que el maestro aceptara no solo que no lee, sino que debe leer, y punto. Yo diría: leer con locura.

Sin este paso del maestro, ¿no hay alumno lector?

Hay lo que hay ahora, naturalmente.

¿Pero qué libros se están haciendo leer, entonces?

Qué pregunta. No quiero ser alarmista ni irresponsable en mi respuesta, pero creo que hay de todo, desde libros muy bien escritos y con buena edición, hasta libros muy malos en su escritura y de pésima edición. Si eres un niño cuyo profesor te hace leer buenos libros, tienes buena suerte.

¿Y si no?

Por eso es importante que el maestro lea. Es esencial. Y si no, estaríamos condenando a que los niños odien la lectura. Nadie ama los malos libros, todos rechazamos las malas historias. Como se trata de políticas de Estado, es decir, como la educación es de importancia nacional, ya sea en colegios públicos o privados, es necesario que los libros recomendados a los niños sean los mejores, sean buena literatura. Si en casa o en la comunidad el niño quiere leer otro tipo de lecturas, tiene toda la libertad de hacerlo. Pero en la escuela, lo mejor de lo mejor.

 

Extracto del libro PARA QUÉ LEER. Por qué. Cómo. Cuánto, de Ricardo Vírhuez Villafane.

No puedo decirte sino que imaginé
una fuente magnífica
de soles incendiándose en el horizonte
mientras tus manos tocaban los cielos

Una fruta silenciosa y tímida escondida
bajo las luces de los astros que corrían
a tus dedos suaves
como un manto de garúa tibia

Sí, he imaginado solo aves furibundas
y estrellas oscuras     
nadando entre ríos universales
y volcanes bellos

Y he visto náufragos y solitarios
en todos los desiertos
de los bosques y también sombras
vivas que galopaban         
como águilas marinas y delfines acosados

Y una mano ha venido a mí semejante
a las mareas de arena
que las fiebres levantaban en la infancia

Las lunas del mar arrimaban sus vientres
suaves a la orilla
de los sueños y no sabía
si despertar o abandonarme

Entonces vi tu rostro amor y desperté
de los altos mundos de las sombras
como un niño que baja a la carrera
por las dunas de todas las resbaladeras

Y he nacido nuevamente y he arribado
otra vez con tanta luz
como dudas porque los caminos del mundo son veletas
que los vientos arrebatan

Y he conocido la suavidad de tus labios
aunque la noche fría
haya clavado segundos y no horas a los universos
que nos pertenecen

Y tus brazos han recibido
mi cuerpo enfebrecido
mientras la distancia semejaba
una montaña despierta

En tu cuello amor me he sumergido
 tranquilo y soñador
para imaginar todas las palabras que ahora digo

Y también tu rostro y tu piel
enceguecidos y tu mirada     
increíble y todo el cosmos que de ti
respira y domina

Todas las palabras reunidas
todos los universos juntos
y limpios como árboles de vida

Dime amor adónde más tantas
palabras adónde las fronteras
que nacen de tus manos y llegan a las mías
como pétalos de luz

Todos los caminos del mundo nos esperan
todas las mitades
que repartimos entre cánticos de solidaridad
y esperanza alimentados por el fuego

Ahora me sumerjo entre tus ojos
o las mieles del campo
para sentir los vientos de la noche
cuando las calles imponen su reinado

Y solo soy un pasajero de la noche
un viajero de las sombras
o un hombre extraviado entre tantos sueños
que guardo en los bolsillos

Y aunque la tristeza sea un fardo
importa más seguir
arremetiendo en los caminos
que todas las edades nos inventan

Y es necesario danzar bajo la lluvia
y sentir los ojos húmedos
de sus manos fulgurantes

Y es mejor sentir el viento
contra el pecho erguido por las furias del verano

Y continuar como al principio del mundo
cuando era nuestro
el universo y las palabras enrumbaban
lejos del silencio

Solo este mundo amor
solo las palabras y mi nombre
para tu mirada infinita.

No invertir en cultura (publicación de libros, actividades artísticas, apoyo a investigaciones arqueológicas, etc) se ha vuelto tan común entre alcaldes, presidentes regionales y ministros, que la dramática situación de la educación y la cultura en nuestro país no tiene más responsables políticos, directos, que estos bárbaros funcionarios.

Recordemos que la obligatoriedad de invertir en cultura sí está presente en las normas peruanas. El artículo 2º, inciso 8 de la Constitución Política del Perú, señala: “El Estado propicia el acceso a la cultura y fomenta su desarrollo y difusión”. Asimismo, el artículo 17º: “el Estado garantiza la erradicación del analfabetismo… fomenta la educación bilingüe e intercultural, según las características de la zona. Preserva las diversas manifestaciones culturales y lingüísticas del país”.

También el artículo 8º, inciso h) de la Ley 28044 Ley General de Educación, que señala como competencia: “la creatividad y la innovación, que promueven la producción de nuevos conocimientos en todos los campos del saber, el arte y la cultura”.

En cuanto a la legislación municipal, el artículo 11º inciso 3) de la Ley 23853 Ley Orgánica de Municipalidades, establece como competencia de la municipalidad la promoción de la cultura, educación y deporte. Mientras que el artículo 62º señala que corresponde a las municipalidades planificar, ejecutar e impulsar acciones a favor de la educación. En tanto, el artículo 67º en sus diversos incisos se extiende en las funciones de la municipalidad en materia de educación y cultura.

La Ley Orgánica de Gobiernos Regionales, en su artículo 10, Inc. 2, expresa como competencias compartidas: “a) Educación. Gestión de los servicios educativos de nivel inicial, primaria, secundaria y superior no universitaria, con criterios de interculturalidad orientados a potenciar la formación para el desarrollo; f) Difusión de la cultura y potenciación de todas las instituciones artísticas y culturales regionales.

Si las leyes peruanas, como hemos visto, establecen la obligatoriedad de invertir en cultura, ¿por qué los funcionarios que debieran hacerlo no lo hacen? Presento dos respuestas: 1) Porque no hay sanción por no hacerlo; por tanto, la impunidad los encubre. 2) Es más rentable invertir en construcciones, donde los funcionarios corruptos perciben del 10 al 20% de coima o soborno.

Por ello, propongo la dación de una norma que sancione con pena de cárcel efectiva a aquel funcionario que durante su gestión, cualquiera sea el tiempo que dure, no haya invertido y participado activamente en la promoción, difusión y potenciación de la educación y cultura en todas sus manifestaciones.

Por lo menos, dejaríamos de tener funcionarios tan ignorantes.

Desde sus primeros libros (Pecos Bill y otros recuerdos, 1986; Un bolero más, 1988; Cercos y soledades, 1990; Además del fuego, 1999;  Cuentos rodados, 2006; y especialmente Con olor a vino, 2007), Mario Malpartida se ha mostrado como un excelente cuentista y uno de los más destacados en el país. Pese a haber publicado novelas como El viejo mal de la melancolía (2002) y Una loma bendita (2003), su destreza narrativa ha sobresalido principalmente en el cuento y el relato.

Nacido en Lima en 1947 pero radicado en Huánuco desde 1969, Mario Malpartida forma junto a Andrés Cloud y Samuel Cardich el trío de escritores que han dado vida y relevancia nacional a la literatura huanuqueña, desde que en 1985 publicaran en conjunto Tres en raya.

Ciudad de Agosto, recientemente publicada, es una novela cuya acción principal gira en torno al desamor y al narcotráfico. Porque la pareja de amantes que son los protagonistas de esta historia, son elusivos reflejos de los otros personajes que la pueblan. Traiciones, celos, abandonos, peleas, distancias y lejanías son los síntomas que cada personaje padece en distintos niveles. El sicariato, el periodismo, el narcotráfico, los escritores o la literatura orillan el amor devastado por la soledad y la traición.

Con lenguaje colorido, a veces intenso y rico, la retórica de la novela nos acerca a la idea de un viaje hacia la selva. El punto de vista del narrador resalta los prejuicios andinos hacia el hombre y las mujeres de la selva, y es dentro de la vasta Amazonía donde el narcotráfico, sus fiestas y sus personajes cercanos a la muerte desatan su propia furia.

Estamos ante una novela interesante desde diversos niveles. Una novela de lectura rápida, prosa colorida y diálogos precisos. Muchos personajes de la novela son fácilmente reconocibles entre periodistas y escritores de Huánuco. Y ciudad de agosto, alegoría de Huánuco, porque es en agosto cuando las fiestas le dan vida y color a esta ciudad somnolienta.

Publicado el 2010 y con mención honrosa en un concurso de ensayos convocado por la Asamblea Nacional de Rectores, El castellano amazónico del Perú, de Manuel Marticorena Quintanilla, es un estudio prolijo sobre las peculiaridades que posee el castellano en nuestra selva. Marticorena estudia los aspectos morfológicos, léxicos, sintácticos y semánticos para ofrecernos un panorama único en los estudios amazónicos, pues pese a los trabajos previos de Alberto Escobar, Luis Hernán Ramírez e incluso Enrique Ballón, el presente libro es la labor de un quechuahablante que disecciona desde adentro el funcionamiento del habla amazónica.

Uno de los elementos más destacados del castellano amazónico es la enorme presencia del quechua, que de diversas maneras ha influido en la formación del habla regional. Hablar quechua, por ello, es la gran ventaja que Marticorena despliega en este libro y nos regala un trabajo que sin duda sentará las bases para afrontar sólidamente un estudio sistemático del castellano amazónico.

Hace poco me encontré con Marticorena en Pucallpa. Y no solo coincidimos en esta bella ciudad, sino también en algunas ideas. Por ejemplo, que la Amazonía debería desarrollar la educación a partir de libros de textos escritos en castellano amazónico. No en el castellano estándar, sino en el amazónico, con sus peculiaridades fácilmente reconocibles por el ciudadano de la selva. Decisión política para los gobiernos regionales, sin ninguna duda, pero que enrumbará los pasos hacia una mejor educación y fortalecerá la identidad y la cultura locales. Que Argentina o España utilicen un dialecto oficial del castellano es prueba suficiente para mostrar que la decisión es necesaria, posible y que tiene sobrados antecedentes.

Agregaría, además, que de todas las formas dialectales del castellano en el Perú, ha sido el amazónico el que ha generado un producto más rico, complejo y vastamente difundido en el país; es decir, el castellano amazónico se habla en un espacio geográfico mayoritario de nuestro territorio.

Treinta días perdido en la selva, de Julio Oliveira Valles, es una novela corta tan interesante, que se suma a la anterior sorpresa que significó la lectura de El curaca indomable.

El origen de la historia es sencillo: un maderero sale a cazar y se pierde en el bosque. El deseo de volver al campamento lo extravía aun más, y es entonces cuando ocurre lo entrañable de este libro. El personaje, Felipe Santiago Rojas Preciado, no se sumerge en la desesperación ni la humillación, sino que despliega sus conocimientos sobre la selva para sobrevivir.

Es cuando se suceden las informaciones que podrían dejar con la boca abierta a quienes desconocen el mundo amazónico, pues a la búsqueda de comida, agua y caminos, se suma el pensamiento sobre la posible culpa de chullachaquis y espíritus por su extravío. A medida que pasan los días, aumentan las dudas. El cansancio y el hambre provocan alucinaciones y sueños, afloran las supersticiones, comienza la desesperación.

Sin duda, una hermosa novela corta, intensa y atractiva. Cada vez más, Julio Oliveira no solo demuestra ser un profundo conocedor de la selva y sus secretos, sino un narrador nato, un contador de historias capaz de sumergirnos en su magia y talento.

estar

todos los días los sueños
los cielos despiertos o las siemprevivas
todos los días tu nombre
tu mano callada como ave dormida
todos los días el tiempo
suave y distante, acero y viento

varios

no hay noche callada
ni imagen de luz ni sombra amada
no hay solo lumbre
ni hay fuego breve ni viento quieto
solo juego bravío
y entre tus manos solas
simiente de aire y orillas vivas

corpus

además de las palabras
del irivenir inquieto y las calles varias
llega el sudor y el barro tibio
además de todo o nada
arriba la tierra y el cuerpo
y este mundo de mineral y de barro
de hierba y garúa y de piel y rocío

breviario

si tuviera un punto, un loco
lugar de apoyo, una mano
encendida de vientos y minutos
si tuviera un solo punto
una única palabra o un susurro
un ojo a la voz, un aire solo
bastaría para ser
el mundo que te besa o la vida tuya

opus

eras sol o piel de madrugada
y el grito breve y la voz cercana
eras presencia de luz y también sueño
y el cuerpo asido y la memoria sola
y ahora sombra y frío y ave pasajera

viento

a veces es la interrogante
la noche inmensa y la mirada breve
a veces es tan sola la tarde
y tan claro el silencio y la vida
tan simple como un viento triste

canción

no es difícil
hablar de ti
basta nombrar
los días ebrios
las rosas rojas
acaso abreviar
las estaciones
la lluvia quieta
la danza viva
todas las voces
todos los tiempos
y el mundo solo
que a ti te nombra

siempre

andaba siempre, vagabundo
entre las calles del arcoíris
andaba e iba, y caminaba
todos los rumbos, los cielos rudos
y al río y al pavimento
y a la mar y al asfalto
viene mi sombra, la caminata
los pasos vivos, la voz andante
yo caminaba hasta tus puertas
y andaba siempre, vagabundo.

Aguas arriba es una novela intensa, poética y nostálgica. Su autor, Fransiles Gallardo (Magdalena-Cajamarca, 1957), es un poeta de muchos libros y temple lírico, lo que enriquece su narrativa de principio a fin.

La novela comienza con la historia de una traición, y termina con la visita nostálgica a la tumba de los padres del narrador, veinte años después. Podría decirse que es una suma de recuerdos, pero en realidad es un mosaico de muchas vidas, cada cual con su historia personal, sus amores y esperanzas.

Fransiles Gallardo utiliza un estilo acumulativo en las historias que va narrando, y los personajes se suceden en cada capítulo, así como sus propias historias. Y se suceden a un ritmo intenso, poblado de regionalismos de Cajamarca con sabor a Tío Lino (el personaje literario más divertido de nuestro país) y anécdotas para desternillarse de la risa o sentir el rumor de la injusticia.

Pero ante todo, el libro es un homenaje, ya que los recuerdos de los padres son determinantes para la suerte del personaje narrador, que ha encontrado en la inmigración el camino hacia la ciudad y la carrera profesional.

Lo curioso es que pese a la abundancia de regionalismos cajamarquinos, casi no existen palabras quechuas o derivados de ellas (ni de la lengua culle, que floreció al sur de Cajamarca y norte de La Libertad), como sí lo encontramos en los regionalismos andinos del centro y del sur. Más bien se trata de regionalismos que deforman el castellano, especialmente el español arcaico, lo que resulta un atractivo adicional para el corpus lingüístico del libro.

Aguas arriba es un libro hermoso. Una novela para alegrarnos la nostalgia.

 

Juan Rodríguez Pérez (escritor sanmartinense —Sauce, 1952— nos ha sorprendido con su libro de cuentos Nunca me han gustado los lunes (1998) y la novela Historia de amor desesperado (2009), ambientadas entre Lima y la selva alta de la region San Martín.

Hay que señalar que la literatura sanmartinense sentó las bases de toda la literatura amazónica a comienzos del siglo XX. Autores sanmartinenses como Humberto Del Aguila, Francisco Izquierdo Ríos o Luis Hernán Ramírez son muestras notables. Sin embargo, la literatura sanmartinense sufrió un largo estancamiento, que ha sido quebrado recientemente con el surgimiento de nuevas voces, como Werner Bartra Cabrera, Haydith Vásquez Del Aguila y Juan Rodríguez Pérez.

Con la novela La perla del Huallaga (2011), Juan Rodríguez Pérez nos introduce en el mundo de la selva alta, sus costumbres mestizas y su castellano regional de dulce cantar. Y lo hace con el atractivo tema del amor.

Un adolescente que vive en Lima regresa de vacaciones a su tierra natal, entre Huinguillo y Juanjuí, y se enamora de una muchacha vivaz e inolvidable. Como las mejores novelas de amor (recuerdo ahora Anusia (1943) de Julio C. Pozo Cueva y Después del amor y la lluvia (2001) de Antonio Ureta), la novela termina golpeando nuestro optimismo. Las mejores historias de amor, como Romeo y Julieta (Shakespeare) o esa belleza alemana llamada Werther (Goethe), o la intensísima Sonata a Kreutzer (Tolstoi), son las que más duelen y terminan en drama o tragedia.

La perla del Huallaga es un canto al amor adolescente, como si el autor nos mostrara que la belleza del camino (el enamoramiento, los juegos, las pequeñas peleas, los malentendidos) son más complejos que el simple final del camino.

Además, con un estilo llano, directo, a veces chisporroteando de diálogos que hacen la lectura amena, el autor nos sumerge en un mundo inolvidable: la selva alta y sus ríos, su bosque y sobre todo su gente calurosa y tierna.

Una novela hermosa y entrañable, sin ninguna duda.

 

El desarrollo de la lingüística en el Perú y los esfuerzos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a través del CILA, así como los estudios pioneros de Alfredo Torero nos han abierto los ojos sobre la riqueza lingüística de nuestro país pero no sobre las tareas para estudiarla, enseñarla y difundirla.

Hemos dejado morir el Iquito, el Muchik, el Culle y muchas lenguas más recientemente. El cocama-cocamilla intenta revitalizarse por iniciativas comunitarias, pero no será el esfuerzo aislado lo que perdure.

Si lenguas muertas se enseñan en distintas universidades del mundo, el estudio de las lenguas vivas de nuestro país debe ser tarea prioritaria.

Nuestro idioma mayor, el quechua, runasimi o nunasimi, ya no es solo una lengua sino dos y hasta tres lenguas, y posee más de 10 millones de hablantes que superan a la población de muchos países y de muchas lenguas actualmente en uso. Argumentos sobran para justificar el trabajo académico, sin chauvinismos ni intereses heredados de las haciendas que formaron los actuales departamentos del Perú.

Crear el Instituto de Lenguas Peruanas implica el estudio de las decenas de lenguas actualmente vivas en nuestro país, y por qué no, de algunas lenguas muertas pero de gran importancia en el estudio histórico, como el puquina o el muchik. Significa, también, la enseñanza de esa lengua para quien quiera aprenderla, y su difusión nacional e internacional pues al fin y al cabo una lengua es también patrimonio de la humanidad.

Instituciones extranjeras han trabajado muchos años en el estudio de las lenguas peruanas, como el Instituto Lingüístico de Verano, ante el desinterés del Estado. Y ahora lo hace España, que acaba de formar el Centro Internacional de Lenguas y Culturas Indígenas (CILCI) cuya misión será promover el estudio de la diversidad lingüística y cultural en Iberoamérica.

Y ya que el Perú tiene ahora un gobierno que se hace llamar nacionalista, sería bueno volver los ojos hacia el rico legado de nuestros antepasados. No todo es Machu Picchu. También el sonido de las otras voces es nuestro propio sonido.

El ministerio de Cultura citó a una reunión a escritores y editores peruanos, para plantear las debilidades de la relación con el Estado y los planes para una política cultural.

Se trataron muchos temas, pero lo que me pareció curioso es un hecho que parece haber pasado inadvertido para la mayoría: el que el sector editorial y el sector de los escritores defiendan en el fondo intereses contrapuestos, que sean rivales sin saberlo, y que sin embargo estén reunidos y juntos como si trabajaran por un objetivo común.

El escritor persigue no solo que su obra sea leída y comentada, sino también el reconocimiento de su aporte a la cultura nacional. El editor en cambio solo tiene fines crematísticos: que el libro se venda, aunque sea malo o muy caro o mal editado. La venta lo es todo.

De ahí que haya sido el editor, y no el escritor, el que ha creado esa mafia monstruosa con los colegios privados para la venta de libros en Plan lector.

Verlos juntos en una reunión con el ministerio de Cultura me ha causado curiosidad. Que el editor explote al escritor, que no le pague las regalías por derechos de autor, o le pague poco o solo le entregue algunos ejemplares de su propio libro, es algo que todo el mundo conoce. Que el escritor acepte esa situación como si fuera ventajosa para él es algo que no logro explicar.

El editor no es el cuco en esta historia. Simplemente persigue fines distintos y hasta contrapuestos a los del escritor. Que en algún momento estos fines logren conciliarse sería estupendo. Mientras tanto, van de la mano en este país de situaciones increíbles.

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